domingo, 27 de febrero de 2011

a la orden

...en medio de la carretera y con una sonrisa para usted. Venta ambulante en las principales vías de Bogotá, Colombia.

qué bien te portaste, carrito

Algo así debieron de pensar Gladys e Iván cuando dejaron al viejo carrito en el concesionario, allá por julio de 2010. Suerte tuvimos de conocerle...aunque le costara subir la cuesta de la casa. Pequeño homenaje a la vida del viejito.

me venda unos minutos, por favor

11 de julio de 2010. Aquel día supe que la inmensísima capitalota bogotana me sorprendería en más de una ocasión. "Me venda unos minutos, por favor". Entonces, miré para atrás y le vi. Un hombre en mitad de la calle, ataviado con un chaleco reflectante del que salían unos cuantos cables. Cables, a su vez, enganchados a otros tantos celulares (teléfonos móviles). Como él, los hay por miles. El rebusque, no más.

jueves, 17 de febrero de 2011

sabores

Las frutas son exóticas, multicolores y son muchas. Les presento a la granadilla, la primera desconocida a la que degusté. Fruta dulce, amarillenta y rellena de pepitas que NO se mastican. Lo sé por el primer mordisco que le metí a una. Semillitas recubiertas de una capa viscosa, gelatinosa, grisácea y medio transparente. La superficie interior de la cáscara está llena de unos palitos que parecen algas regordetas. Se abre haciéndole un agujerito en la superficie a modo de cáscara que tiene. Por ahí hay que absorber el contenido. Yo empecé con cuchara, ahora, a la colombiana. El fruto es una baya globosa, de cinco a ocho centímetros y de la familia de las pasifloras. Requetearomática y amañana la granadilla.

gordita

 
Creo que la conocí un diez de julio bogotano. Tan linda, tan mirona mi gordita. No sé por qué salí de su casa pensando en ella, solo sé que me gustó. El museo Botero la guardaba en un recoveco de la planta superior. Miré a la izquierda y la vi. Quizás porque me estaba mirando. Parecía que quería decirme algo, quien sabe si una bienvenida. No me fui de Colombia sin haber encontrado una réplica de ella en miniatura. Demasiados kilos en la maleta para llevarla conmigo…pero que lindo verla…tan linda, tan mirona mi gordita.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Llegamos a Bogotá

Bogotá, 9 de julio 2010, 07.34 a.m
En ese preciso instante me disponía a enviar un puñado de palabras tranquilizadoras, vía e-mail, a la familia y amigos que habían quedado al otro lado del océano atlántico. A nuestra llegada, la noche anterior, no fue posible conectar los portátiles a la red de los Charrera, nombre de pila de la familia Chahín-Herrera. Intrusos esos recién llegados computadores. Gladys e Iván pasaban a ser desde ese momento la ‘ma’ y el ‘pa’ bogotanos, el calor más próximo en una tierra que acaba de alojarnos. Imanol y yo llegamos al aeropuerto del Dorado antes de lo previsto, aun habiendo salido de Barajas con tres cuartos de hora retrasados. Cuando pisé el suelo de la capital colombiana creí, por un instante, haber vuelto a Bilbao (y lo creería algunos instantes más durante mi estadía). Estaba lloviendo y la temperatura rondaba los quince grados centígrados. Para sus habitantes era un clima frío, por eso llaman “la nevera” a Bogotá. Los Charrera nos esperaban sonrientes, encantados de tenernos por allí. Cuando nos encontramos habían pasado las seis de la noche. A esa hora el tráfico emprende a diario su peculiar revolución. No nos quedó otra que esperar a que pasara ese paréntesis de atascos (“trancones”). Y me alegro, porque pasamos el tiempo tomando café, no podía ser de otra forma. Acabábamos de llegar al país cafetero por excelencia y yo, medio adicta al “tinto” (café solo), lo sabía bien. De todos modos, cuando me invitaron a tomarlo, me imaginé una copita de vino. Por suerte la palabra no comparte el mismo significado al que nosotros estábamos acostumbrados. Tardamos cuarenta minutos de adrenalina automovilística en llegar a casa de los Charrera. No tardé mucho en poner cara de circunstancia cuando me tocó ser testigo del caos que prima en la circulación de la capital. Prioridad para motos, carros y perros. Tú como peatón ya te las arreglarás para no accidentarte. Y adelantar, más aún si vas en moto, da igual hacerlo por la derecha que por la izquierda. Eso sí, controlan que no veas. Ya en el hogar, dulce hogar, supe que ocuparía el cuarto de Dana, el tesoro de los Charrera que ahora vive en Alemania. Imanol se instaló en la misma planta, en la habitación de enfrente. Desde aquella llegada nos dieron libertad total para transitar por la casa como cualquiera de ellos. Nos habíamos puesto en manos de dos personas preocupadas (muy preocupadas) en hacer de nuestra estancia algo agradable. Esa noche celebramos nuestra bienvenida con vino chileno “Gato Negro” y una conversación a cuatro en el acogedor saloncito de la planta baja. Los días por Bogotá nos aclimataron con gusto al país.  Empezamos conociendo “la calle mágica” (en vocabulario Charrera) del barrio de Suba, calle recta de recreo comercial donde encontrar cualquier cosa que una esté buscando. Lo mismo daba un teléfono móvil que un botón.
Paseamos de noche por los alrededores de la Plaza Bolívar, guiados por las explicaciones de Popeye, un legendario mentor callejero, el que mejor conoce (y no guarda) los secretos del lugar y las historias de quienes lo habitaron. Tomamos café, más café (bendito paraíso), vimos de cerca a los gorditos de Botero y nos gozamos la vida con tantas ganas que no puedo evitar sentir ganas locas de volver.  Una de aquellas primeras mañanas, Imanol y “mi persona”, como escuché decir por acá, presentamos nuestros proyectos de acción radial en la sede “Colombia Multicolor”. Allí nos encontramos con la sonrisa de Mónica Valdés, otro miembro activo del combo de éste nuestro intercambio. Ya estábamos en Colombia, poniéndole cara a Bogotá…y qué lindo aterrizaje.


lunes, 5 de julio de 2010

tas tas

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso, reveló. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no deslumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear. Y quien se acerca, se enciende”.
 EL MUNDO. “El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano.
Así empecé yo a navegar por el mar de mis fueguitos. Con esto, un guiño al programa de radio que me sumó sentido a esta tarea a primeros de abril. “Mar de Fueguitos” es un programa sobre movimientos sociales guiado por la voz de Gorka Andraca, de Tas Tas irrati librea…una radio comunitaria, libre y de Bilbao. Con él, Iñigo (súper héroe tecnológico), Txema (peculiar, entrañable e irónico libro de historia, con barbas, que guarda pócimas secretas en un zulo),  Xabi (el hombre que guía las brújulas sin norte) y demás familia.
A Gorka le tocó el marrón de guiarme por el buen camino radial. Mañanas al aire de relatos, cuentos breves, entrevistas con voz cortada y alguna que otra encomienda. Era él quien me aseguraba, con paciente (muy paciente) sonrisa, que a la tercera repetición nos vendría la vencida. Me sentí un bienvenido polizón en sus holas y olas…y marché para volver, con un saquito lleno de besos obesos y dejando una cajita de galletas de té, para endulzar la mañana de aquella pareja de dos que me aguantaron.
Tas Tas fue para mi gran parte de la preparación previa (y personal) a mi viaje. La ocupación de todas las mañanas de entre semana. Un aliciente de alegría y otro de actividad. En aquel tiempito entendí que me estaba metiendo en un movimiento compartido por muchas voces. Otra forma de entender el mundo, otra de comunicar, todo un mar al otro lado del micrófono.
Un guiño de agradecimiento, por todo…